En un escenario cargado de simbolismo, a orillas de la frontera oriental del país, el presidente de Rodrigo Paz aprovechó la conmemoración del Día del Mar para replantear el discurso histórico sobre la relación de Bolivia con sus vecinos.
Desde Puerto Quijarro, en Santa Cruz, el Mandatario no solo evocó las heridas abiertas tras la Guerra del Pacífico, sino que propuso mirar más allá del pasado. Su mensaje giró en torno a una idea central: Bolivia debe dejar de definirse por el conflicto y comenzar a hacerlo por la integración.
“Construir puentes y no zanjas”, afirmó, en una frase que sintetizó su visión y que, al mismo tiempo, marcó distancia frente a políticas recientes de países vecinos. Para Paz, el desarrollo del país pasa por fortalecer vínculos económicos y políticos con la región, apostando por una convivencia más pragmática que confrontacional.
Aunque no evitó señalar que “Chile nos hizo daño”, el Presidente optó por desplazar el énfasis del reclamo histórico hacia una agenda futura. Habló de una Bolivia articuladora, capaz de conectar a las naciones que la rodean y de transformar su ubicación geográfica en una ventaja estratégica.
El discurso también tuvo un tono crítico hacia la política interna. Paz cuestionó a sus antecesores, Evo Morales y Luis Arce, acusándolos de instrumentalizar la causa marítima. En su criterio, el tema del mar no debe volver a ser utilizado como herramienta de disputa política.
Asimismo, puso en duda decisiones clave del pasado, como las gestiones ante la Corte Internacional de Justicia, sugiriendo que respondieron más a intereses coyunturales que a una estrategia de Estado. Según indicó, esas determinaciones no solo cerraron puertas, sino que también limitaron nuevas oportunidades de diálogo.
Así, en lugar de un discurso centrado exclusivamente en la reivindicación marítima, la intervención presidencial se convirtió en una invitación a redefinir el horizonte del país: menos anclado en la memoria del conflicto y más orientado hacia la construcción de alianzas en la región.